sábado, abril 27, 2013

Heleno. El príncipe maldito (2011)



Heleno tocaba, gambeteaba, engañaba, goleaba, peleaba, las enamoraba, volvía a tocar y goleaba, bebía, se drogaba, fumaba a rabiar y rabiaba, pero goleaba, siempre goleaba.

Heleno de Freitas es tal vez el protagonista de una de las primeras tragedias de las que el fútbol ha sido testigo.  Llegó a Río de Janeiro por 1930, a donde la familia se mudó desde São João Nepomuceno, en Minas Gerais, luego de la muerte del padre. De familia adinerada, blanco, bien parecido y culto, jugaba al fútbol como los dioses, así que luego de graduarse como bachiller en derecho, decidió dedicarse a su verdadera pasión, el balón.

Inició su carrera futbolística con el Botafogo, su club amado, donde deslumbró con su estilo aguerrido durante casi una década, que inició en 1939 y culminó en el 48, cuando los problemas por su mal genio con los jugadores y entrenadores, le valieron un traspaso a Argentina.

En Botafogo marcó 209 goles en 235 partidos, cuentan que casi todos con potentes cabezazos, que era su característica más notoria en cancha. Aún así, parte de su tragedia consistió en que nunca pudo ganar un título con el alvinegro.  Luego, sin mayores glorias, pasó por Boca Junior, Vasco de Gama, Atlético Junior de Barranquilla donde Gabriel García Márquez le dedicó cuatro textos publicados en El Heraldo y recogidos en Textos costeños, ya en sus últimos días como jugador, estuvo con el Santos y el América carioca.

Jugó con la selección brasileña, con la que disputó 18 partidos y marcó 16 goles, pero su período en la verdeamarela coincidió con la segunda guerra mundial.  Para el mundial de 1950, Heleno acrecentó su tragedia futbolística cuando no pudo jugar para el once de su país, debido a que la edad y la enfermedad ya habían mermado su habilidad con el balón, por lo que se enteró del terrible maracanazo mientras estaba en la costa colombiana en su breve paso por el Junior barranquillano.

La sífilis cerebral, más allá de sus excesos, fue la verdadera enemiga de Heleno, nunca nadie supo tratarla, pues para entonces no había un tratamiento efectivo, así como tampoco se sabía con certeza que los desvaríos y sus explosiones temperamentales -que le valieron el apodo de Gilda- se debían al terrible mal, que finalmente terminó con su vida en 1959 cuando aún no había cumplido los 39 años.

La película de José Henrique Fonseca, retrata en buena medida la tortuosa existencia de este ídolo del balón con una mirada biográfica que muestra al hombre y sus pasiones.  Con delicada fotografía y tomas cuidadas al extremo, el director usa el blanco y negro para transportarnos en el tiempo hasta los años 40 y 50 del siglo pasado.  La excepcional actuación de Rodrigo Santoro y su esfuerzo por mostrar la decadencia física de Heleno, son detalles a destacar, así como la hermosa selección de temas de la banda sonora, algunos compuestos especialmente para el largometraje por Berna Ceppas.


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