viernes, abril 26, 2013

El Turco y Charles Babbage

 Los autómatas mecánicos son artefactos fascinantes creados por nuestro deseo por ser capaces de dar vida.  Basados en la precisión de sus mecanismos, se diferencian de las máquinas de cálculo y otros dispositivos mecánicos, por el hecho de tener formas animales o humanas.  El término que los define tiene su origen en el griego αὐτόματος, que significa espontáneo.  

A lo largo de la historia existe gran cantidad de registros acerca de autómatas mecánicos, sin embargo estos vivieron su época de esplendor entre los siglos XVIII y XIX.   En la primera mitad del siglo XVIII, el francés Jacques de Vaucanson creó algunos de los más referidos reiteradamente en la literatura, tales son los casos de El flautista y el pato.  El primero era una figura de un pastor que tocaba la flauta con un amplio repertorio musical, que gustaba a todos por sus interpretaciones, pero fue el pato de Vaucanson el que ciertamente maravilló puesto que, según los testigos, era capaz de beber, comer grano y excretar, demostrando la capacidad de digestión del autómata, lo que valió a su creador el apelativo de "el rival de Prometeo", según Voltaire.  Más tarde, a mediados de siglo, Vaucanson participó en el diseño de algunas máquinas para mejorar la industria textil francesa, pero estos diseños fueron dejados de lado por los problemas del gobierno francés con los trabajadores quienes consideraron que se convertirían en simples piezas de las líneas de producción. Vaucanson terminó vendiendo sus obras, algunas de las cuales terminaron destruídas durante la revolución francesa, a finales de siglo.

Así, el siglo de las luces nos legó la enciclopedia de Diderot, las obras de Kant, Rousseau, Voltaire, Adam Smith, los autómatas de Vaucanson, y las dos revoluciones más importantes de la modernidad: la revolución francesa y la revolución industrial. 

Pero fue durante el siglo XIX,  cuando un extraordinario autómata mecánico, a la par de misterioso, deslumbró a las cortes europeas.  Me refiero, por supuesto, al Turco ajedrecista del húngaro Wolfang von Kempelen. 

 Aún cuando el turco apareció por primera vez en 1770, en la corte vienesa de María Teresa I  a quien von Kempelen, avezado físico, mecánico, inventor y familiarizado con el trabajo de Vaucanson,  le había prometido deslumbrar con un artefacto creado por la ciencia y capaz de imitar la magia, no comenzó a hacerse de su reputación si no hasta finales de siglo, cuando José II, quien sucediera a su madre María Teresa luego de su repentino fallecimiento en 1780, le encomendara a von Kempelen que mostrara su ingeniosa máquina por toda Europa.


El turco y von Kempelen comenzaron su periplo en París, siguieron a Londres, Leipzig y otras ciudades europeas donde el turco causó gran revuelo, comentarios, estudios y especulaciones sobre su funcionamiento, llegando a ser considerado por algunos como una verdadera máquina pensante y por otros como un fiasco.

Sin embargo, la verdadera época dorada del turco comenzó luego de la muerte de von Kempelen en 1804, cuando su hijo vendiera la maravilla mecánica al alemán Johann Nepomuk Mälzel (o Maelzel), un inventor que entre sus creaciones cuenta con el metrónomo y unos audífonos especialmente diseñados para Beethoven. Maelzel reconstruyó al turco y aprendió sus secretos, y junto con otras invenciones inició una feria de aparatos mecánicos en las que el ajedrecista era la atracción principal.


En su viaje, el turco jugó con Napoleón, en una dramática presentación que incluyó una pataleta del ajedrecista mecánico quien tirara las piezas del tablero de un manotazo, luego del intento por hacerle trampa de Bonaparte.

El turco, no obstante, ganaba casi todas sus partidas, sus víctimas sucumbían en media hora o menos.  Benjamin Franklin en París, y Charles Babbage en Londres, este último en dos oportunidades, fueron algunas de sus víctimas.  En América, en 1835, Edgar Allan Poe conoció al ajedrecista, del cual estaba convencido era un engaño y sobre el que publicó en 1836 el ensayo: Maelzel´s chess player (el ajedrecista de Maelzel), que es considerado como la génesis de sus cuentos policiales.  Finalmente en 1849, Poe publica el cuento von Kempelen and his discovery (von Kempelen y su descubrimiento) basándose en la historia del autómata ajedrecista.  Pero son las historias de las partidas con Babbage y la influencia que tuvo el encuentro del científico con el autómata, las que dieron origen a este texto. 

En 1818, al tiempo que Mary Shelley  publicara su famosa Frankenstein o el moderno prometeo, el turco se fue a Londres y Babbagge jugaba con él.  Así, en dos oportunidades el científico inglés fue vencido por el autómata, mientras se devanaba los sesos por descubrir su funcionamiento.

Aunque Babbage estaba convencido de que el turco era un engaño, en lugar de empeñarse en demostrarlo, éste le sirvió de inspiración para la construcción de la máquina diferencial, que durante muchos años fuera su gran proyecto hasta que finalmente lo abandonara,  por la razón gracias a la cual este humilde servidor puede ahora dejar estas líneas en este espacio: la máquina analítica.  Capaz de realizar operaciones complejas, la máquina analítica sentó las bases del funcionamiento de los computadores modernos, tanto así que aún se conserva una arquitectura similar a la del invento de Charles Babbage.  En 1842, luego de repetidos intentos por conseguir financiamiento y continuar con el desarrollo de su máquina, Babbage prácticamente abandona el proyecto, pero la matemática Lady Ada Lovelace, hija del poeta Lord Byron, lo continuó apoyando y desarrolló un método de entrada de datos a través de tarjetas perforadas, lo que le valiera ser considerada, en la actualidad, como la primera programadora de computadoras.  Babbage finalmente decidió continuar refinando el diseño de su máquina hasta su muerte en 1872.  Años después del diseño de la máquina analítica aparecieron los tubos de vacío, y el resto ya es historia.

De la suerte del turco poco se sabe, Maelzel fue visto por última vez durante su segundo viaje a La Habana, donde hacía demostraciones de sus aparatos.  Se dice que murió en el viaje de regreso, aparentemente borracho y a orillas de las costas venezolanas cerca del puerto de La Guaira.  Los aparatos que llevaba consigo, incluyendo al turco, quedaron en manos del capitán del barco quien los entregara finalmente al empresario John Ohl, amigo de Maelzel.  Ohl terminó vendiendo el ajedrecista al Dr. John Kearsley Mitchell, médico personal de Poe y admirador del ingenioso artefacto.  Kearsley, luego de reparar al turco y hacer varias presentaciones con él, lo donó al museo Peale en Filadelfia de donde parece haber desaparecido consumido por las llamas en 1854.

En 1984, el estadounidense John Gaughan, fabricante de autómatas, construyó una réplica del turco que actualmente está en su museo personal.

De los secretos del autómata ajedrecista prefiero no hablar, hay gran cantidad de material que explica sus misterios, pero soy de los que les gusta pensar que El Turco, en verdad, era un autómata capaz de pensar y jugar ajedrez.


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