domingo, febrero 07, 2010

Lo que nos salva



Ningún hombre o mujer (para aquellos susceptibles al asunto del género) debería dejar de lado sus pasiones, ni siquiera aún cuando estas parezcan consumirnos. Creo que las pasiones son esa parte de nuestra esencia que, aunque no reconocidas como tales, siempre estarán allí. Sólo hay que reconocerlas, dosificarlas si fuera necesario como única medida permitida y dejar que nuestra existencia discurra entre esas pasiones que son las que al fin y al cabo nos salvan.

Luego de casi tres años, tal vez más y no quiero recordarlo con precisión, Daniel volvió al fútbol, que parece su pasión desde aquel mundial que vivimos en el 94, él en el vientre de su madre, yo hablándole de los jugadores y los equipos, y sintiendo sus pataditas pretendiendo que ya comprendía de lo que iba el juego. En el mundial siguiente ya sabía leer y recuerdo que se aprendió los nombres de la mayoría de los jugadores gracias a un álbum que le compramos. Lo demás puede resumirse en siete años consecutivos desde sus seis, poniendo su corazón en cada partido cada sábado.

Entonces cambiaron las circunstancias: vino la adolescencia, llegó una afección renal y los problemas asociados con la separación de los padres. Pero la pasión continuó, porque no podemos cambiar nuestras pasiones, y entonces se dio la vuelta a la cancha. Y aunque ya hubo un intento previo hace un año, esta vuelta de ahora a su pasión (la nuestra) no solo fue premiada con un gol temprano, al segundo palo luego de escaparse por la izquierda frente a un arquero que hizo el achique pero que nada mas pudo hacer, sino con la victoria 4 a 2 de su equipo.

Ahora a sus quince creo que ha comprendido que jamás debe separarse de sus pasiones.