domingo, julio 06, 2008

Buenaventura


Araki


Si, lo admito, fue ella quien insufló en mi seguridad, un poco de su ambición. Yo que tanto había buscado en los libros, que tanto había meditado, no había asimilado jamás (cuan distante suele ser el conocimiento de la sabiduría) que no era tan poca cosa, que no era solo ese otro melancólico y vagamente esperanzado, que no podía seguir siendo víctima de mi mismo, de esa maldición de la tradición judeo-cristiana que te hace pensarte como un eterno pecador, inmerecedor de gracia. Fue ella, sin saberlo, quien me salvó de la nada, del otro. Nunca se lo dije.

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