jueves, abril 12, 2007

Palabra y compromiso

El 28 de marzo, y acude de nuevo ante mi la vergüenza por no haberlo recordado y escrito antes, se cumplieron 65 años del fallecimiento del poeta Miguel Hernández, preso en Alicante, quien murió de 30 años víctima de la tuberculosis, del horror y la tristeza. A propósito de esa tristeza transcribo su poema Tristes guerras: Tristes guerras/si no es amor la empresa./Tristes, tristes./Tristes armas/si no son las palabras./Tristes, tristes./Tristes hombres/si no mueren de amores.
Tristes, tristes.
Miguel Hernández fue pastor de cabras y poeta quien supo ganarse un espacio entre los intelectuales de su época y quien puso además toda su vida en favor de su ideal: “Tengo una vida, que puse al servicio de mi ideal, y si tuviera doscientas vidas lo mismo las hubiera dado y las volvería a dar ahora”. Para cerrar estre breve homenaje a uno de los primeros poetas a quien aprendí a querer, les dejo con su Canción última (mientras la escucho en la voz de Serrat):

Canción Última

Pintada, no vacía:
pintada está mi casa
del color de las grandes
pasiones y desgracias.

Regresará del llanto
adonde fue llevada
con su desierta mesa,
con su ruinosa cama.

Florecerán los besos
sobre las almohadas.
y en torno de los cuerpos
elevará la sábana
su intensa enredadera
nocturna, perfumada.

El odio se amortigua
detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza.


Más de Miguel Hernández:
Fundación Cultural Miguel Hernández
Miguel Hernández - a media voz
Miguel Hernández. Palabra y compromiso - Rebelión

domingo, abril 08, 2007

Las lágrimas de Carú


"Se acercaba el día memorable en la vida de la princesa Carú, hija del Cacique Toquisal, jefe de los indios Bailadores, porque iba a contraer nupcias con el hijo del Cacique de los Mocotíes.
La tribu de los indios Bailadores estaba asentada en las márgenes del río Zarzales, en el mismo lugar que hoy ocupa la ciudad de Bailadores. Todo el mundo indígena se preparaba para la especial fiesta de la boda de la Princesa. Los fieros guerreros habían dado lustre a sus flechas y arcos, preparándose para el desfile del acompañamiento nupcial. Las mujeres indias ya habían hecho acopio de grandes cantidades de yuca, apio, maíz tierno y algunos venados y lapas, para la gran comilona de la boda y la alcoba nupcial estaba lista. El novio apuesto mancebo, valiente entre los valientes, esperaba ansioso la llegada de la hora en que vería hecha realidad su suprema aspiración de poseer a la bella Princesa. De pronto, sonó en la lejanía el retumbar de las notas de un cuerno de uno de los vigías, que anunciaba que una legión de extranjeros, montados sobre bestias desconocidas para ellos, se acercaba.
Se tocó la alarma de guerra, y todos los varones corrieron a empuñar sus armas y a presentar batalla a los invasores. Al lado del valeroso Jefe Toquisal marchaba el novio de su hija y detrás la legión de indios, dispuestos a expulsar de sus tierras a los intrusos. La batalla fue desigual y desastroza para los indios. Los invasores, que no eran otras que las huestes de Juan Rodríguez Suárez, en marcha hacia la Sierra Nevada, hicieron estragos entre los indios, con sus bastones que escupían fuego a distancia y sus cabalgaduras que atropellaban y pisoteaban a los guerreros indios.
Cuando la batalla hubo terminado y las huestes españolas se perdieron en la distancia, los indios se dedicaron a recoger a sus muertos, entre los cuales se contaba el novio. El cadáver de éste le fue llevado a la Princesa y ella en su inmenso dolor, bañada en lágrimas, lo llevó a cuestas, montaña arriba. Desde sus antepasados le venía la creencia de que allá arriba en las montañas, por donde salía el sol, vivía el Dios dueño de la vida y de la muerte y ella pensó que llevándole el cuerpo de su amado tal vez el Dios bueno le devolvería la vida.
Subió y subió montaña arriba, cargando el cuerpo de su amado, derramando copiosas lágrimas y, aunque las fuerzas le flaqueaban, seguía adelante. Había que llegar a la cúspide hasta donde la luz se reparte entre el horizonte y el valle. Al tercer día, ya sin fuerzas y desesperada por el dolor, murió abrazada al cuerpo de su novio.
El Dios de la montaña, conmovido por esa sobrehumana demostración de amor, recogió en sus manos las lágrimas de la Princesa y las derramó por el espacio para que volvieran allá abajo, donde estaban los suyos, para que estos supieran por siempre de su gran amor. Y así fue, que allá en lo alto de la montaña, desde una piedra en forma de cabeza humana, nacen las aguas que son las lágrimas de la princesa Carú y que forman la cascada de Bailadores. Más arriba aún las nubes recogen por el mundo, las lágrimas de todas las doncellas que lloran por amor y en las tardes, convertidas en blancos copos de neblina se arrastran por el valle, recogiendo el perfume de los frailejones y de yerbabuena y luego vierten esas lágrimas donde yace la reina de las doncellas, la Princesa Carú. Y acá abajo, esas lágrimas caen vaporosas, cual blanco velo de novia, impregnando las flores que abren sus corolas hacia el cielo, formando un ramillete nupcial para esos novios que están allá arriba, eternamente juntos."

Leyenda indígena