miércoles, diciembre 29, 2004

Cuento de Navidad

Este no lleva imagen, no hay imagen posible. Trato de recomponerme, escucho Bajofondo tango club, luego la sublime voz de Carmen McRae me ayuda otro poco. Les relato la terrible historia, el horror que vivimos hace 48 horas:

Todo comenzó con el hierro, negro, infame, la pistola que apuntaba hacia mi y hacia mi pequeña de cinco años. Empujo a Laura detrás de mi, ella, Yolanda y Daniel se quedan paralizados por un segundo, el cañón amenazante los mira, luego corren, yo suelto la muñeca de mi Laura, converso y accedo mansamente a entregar la llave del carro, entonces uno de ellos, el de rojo, dice: no nada vente. Les replico con calma, con la cabeza hacia abajo, el otro, el muchacho nervioso dice, casi grita: ¡cállate y súbete al carro mamagüevo!. Aún así mantuve la calma, le expliqué tranquilamente al de rojo, que se había puesto al volante, que la llave cuadrada quitaba el tranca palanca. El muchacho con el hierro continuaba nervioso, le dije - pana baja esa pistola que me tienes nervioso -, el conductor le dijo: - bájala guevón que te la pueden ver y el chamo está quieto. Vacié mis bolsillos mientras avanzábamos y los guiaba hasta pasar la avenida puesto que los nervios o la falta de conocimiento de la zona les hacían preguntarme por la salida. Habíamos subido por la carrera veinticuatro, atravesamos la avenida por la calle doce y luego cruzamos por la veintisiete hacia la izquierda, hacia el callejón.
-¿pa’ dónde vamos? – pregunto
el conductor más calmado dice - ud. tranquilo que si no se pone payaso no le va a pasar nada.
Yo miraba hacia abajo, me coloqué detrás del conductor para que el copiloto pudiera verme mejor y alejarme del gélido hierro que estaba cerca de mi costilla, - mira voy a sentarme aquí para que me veas bien, voy a poner mis manos en las piernas pero baja esa arma que no voy a hacer nada.
- clávate de cabeza en el piso con las manos en el piso- dice el conductor,
- chamo pero no quepo pana – respondo,
– no sé usté se acomoda ahí como pueda y pone las manos en el piso - es entonces que rueda el asiento hacia delante y yo puedo ubicarme en cuclillas con las manos en el piso y la cabeza hacia abajo, la pistola amenazante ahora estaba cerca de mi oreja. En ese momento se acerca otro carro, escucho dos voces más
- que hay? – preguntan del otro carro
- nada 120 en efectivo y el celular - ,
- está marca’o, nada raquetea la maleta y lárgalo por ahí – dice la voz del otro carro,
- a este lo llevamos pa’l hueco - .

El otro carro arranca, el conductor se dirige a mi y me dice: - chamo callai’to y quietecito que no le va pasar nada si no se pone payaso. ¿cuál es la clave de la tarjeta de crédito? -,
– no tengo clave para retirar efectivo -, le digo - solo para hacer consumos –
- cómo no vas a tené, querés que te metamos un pepazo!, grita molesto.
me paresuro y respondo – no tengo chamo te lo juro por mi madre, tu crees que me voy a poner cómico, si mira como me tienes, puedo darte las claves de la tarjeta de débito si quieres o vamos a sacar plata del cajero -. Hubo un silencio.

Seguimos dando vueltas, entonces me dice: - cuando me pare te vas a bajar y vas a caminar como si nada - ,
- Tranquilo viejo lo que tu digas- le respondo.
Le dice al otro: - ya sabes lo que tienes que hacé, si se pone cómico lo quemas- .
El carro se detiene: - bajate pues!!!- ,
- no puedo me tienen que abrir por fuera, tiene seguro de niños- respondo. El copiloto abre y salgo caminando, se coloca a mi espalda y siento la temperatura del hierro, hay un grupo de gente cerca, no me atrevo a nada. - Camina tranquilo- me dice.
Nos internamos en el monte, - bueno vas a hacé lo que yo te diga y no te va a pasá nada -
- Tranquilo pana, tranquilo, lo que usted diga-
- Camina, dale por ahí
- por dónde- pregunto,
- ¡derecho mamagüevo!-,
- tranquilo pana dime que tengo que hacer y yo lo hago-.
Me indicaba el camino con el cañón de la pistola en mi oreja, la oscuridad era casi absoluta y yo caminaba lento, imploraba a las alturas, a todos mis muertos.
- ¡Camina coño e’ tu madre!, ¿qué te pasa ‘tas caga’o? ,
- claro que ‘toy caga’o- le respondo, - yo quiero mi vida pero es que no veo nada -,
- el que quiere su vida la cuida, cállate, dale y más nada-, el tipo toma su celular con la otra mano y con la luz me guía, cruzamos, derecha e izquierda intermitentemente, él conocía el camino perfectamente, nos adentramos en el monte, escucho el correr de agua de una quebrada con seguridad, entonces me dice: - cuida’o que ahí hay un hueco -, lo que para mi fue toda una revelación, una voz providencial: no me va a estar cuidando si me va a matar, pensé. Seguimos y nos encontramos un pequeño muro:
- sube por ahí - ,
- no puedo -, le respondo pausadamente, las piernas me temblaban
- claro que puedes mamagüevo, súbete coño e’tu madre! - ,
- ok ya tranquilo chamo- doy el salto, él salta detrás de mi, unos pasos más adelante me dice:
- vas a caminar hacia la luz y no te pongas payaso -
- tranquilo pana – yo aún temía la bala mortal.
Yo camino hacia la luz, despacio, el se detiene, yo me adelanto unos pasos en el monte de dos metros de altura, él pregunta:
- ¿dónde vas? -
- aquí – respondo.
Así continuamos mientras la voces se alejaban, por último escucho un grito lejano que dice: - ¡dale hacia la luz! -.
Me detengo, miro hacia atrás, doy a gracias a Dios y pienso: bueno es una quebrada pero ¿cuál?, sigo hacia la luz e identifico las luces de mi antiguo colegio, camino unos pasos y diviso la cúpula de la iglesia donde me bautizaron, hice la primera comunión y me casé, vuelvo a dar gracias a Dios y esta vez incluyo a mis muertos. Luego decido devolverme por la poca certeza de saber si podía salir caminando hacia adelante, después de todo: ¿Cómo creer en la palabra de un malandro?.
Retomo el monte, alto, oscuro, me pierdo, doy vueltas, entonces me calmo y pienso, me voy por el agua río abajo. Me meto a la quebrada, con el agua a las rodillas avanzo lento, cuidadoso, una luciérnaga a mi lado me hizo dar un salto, un susto tremendo. Continúo y consigo el muro que había encontrado minutos antes con mi secuestrador a mis espaldas, avanzo hasta que veo las luces de las casas, salgo del agua saltando la pared de la quebrada que se había hecho alta y, con cuidado casi sin hacer ruido, abro la puerta de una cerca que encontré y que separa las casas de la quebrada. Camino cauteloso, me percato que fue el mismo sitio por donde me bajaron del carro, sigo, una señora que encuentro en el camino y a quien le relato brevemente lo sucedido, me ayuda y me guía hasta la salida, luego consigo un grupo de jóvenes a quienes les hago el mismo relato y acceden a acompañarme hasta salir a la avenida, a la luz. Luego de cincuenta metros de estar caminando por la avenida, en otro acto providencial, mi hermano me encontró. Después todo fue llanto y alegría. Al día siguiente el carro apareció intacto. Mi esposa y yo aún estamos tratando de olvidar la amarga experiencia.


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