sábado, julio 17, 2004

Como la primera vez

Ese Sábado estábamos juntos pero no revueltos, yo la miré bailar, reirse, hablar con otros y a excepción de un breve episodio de celos de mi parte, yo diría que fue perfecto. Camino a casa la autopista estaba tranquila, aunque confieso que pensaba en llevarla conmigo a solas, no lo dije. Sin embargo sentía cierta tensión sexual entre los dos. Luego de una parada para buscar otra cerveza y desahogarme la miré a los ojos y entonces ella me besó apasionadamente. Casi aterrado, esperando una excusa que se traduciría en un terrible no, le sugerí escaparnos, sin embargo ella, aunque tímidamente, aceptó. Lo que pasó después he intentado escribirlo de mil formas pero solo queda este breve fragmento:

Yo estaba sentado en la cama, inquieto, aún vestido. Ella volvió vistiendo únicamente su larga franela blanca. Nuevamente la miré a los ojos, no sabía qué hacer, había esbozado mil situaciones y mil respuestas. Entonces decidida y corazonadamente la tomé en mis brazos, la besé dulcemente y le hice el amor. Dormimos cansados, abrazados. Media hora después, al despertar, repetí la valiente hazaña.
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